Los acantilados

Se sentó a la sombra de los pinos e inspiró la brisa que subía rebotada de aquellos acantilados. Acomodado en una piedra observaba el vastísimo Egeo, una mar picada que salpicaba destellos dorados y espuma. Mientras contemplaba la extensión del mar recordó eso que ya sabía: todo lo que su vista iluminaba no era sino una mera comunicación inconsciente de un dios menor. El eco de esta verdad latía por la Creación toda. Seguir, perseguir la huella de esa revelación, en eso se había convertido su vida desde aquel lejano día en que conoció a Juan. Reservado, cariñoso, despertó en él una llama que nunca se extinguía; el faro que le guiaba cuando el rumbo de su vida parecía extraviarse, así como siempre que navegaba por entre las cálidas mareas del éxtasis místico. Y es que, en ocasiones, sobre todo cuando la polis dormía, ángeles bajaban a su dormitorio a trasvasar a su espíritu mensajes ocultos, enigmáticos, de los reinos superiores. Él tan sólo se encargaba de traducirlos como podía en forma de versos.

Escribía en griego y, a pesar de que era su lengua materna, a veces no comprendía bien lo que redactaba. Desde hacía un par de Lunas se había ido convenciendo poco a poco de algo: las mismas letras que delineaba parecían expresar algo. Cada una de ellas, en su posición precisa, trasladaba sentidos que se movían, solapaban y se hacían frecuentemente ásperos de interpretar. Los niños saben que Toth o Prometeo dotó de escritura a todos los pueblos del levante y del poniente. Las innumerables lenguas llegaron a ser así huella también de la finitud de la realidad material. Otra seña más de nuestra condición mortal. Sin embargo, ahora creía intuir que el mismo alfabeto, él sólo, mantuvo la fuerza, la clave, el todo. Incluso el Demiurgo no tuvo más remedio que crear el universo por medio del Logos.

Había estado aprovechando últimamente el día para reflexionar acerca del cielo y la tierra, es cierto. Necesitaba su soledad. Cansado del bullicio de la urbe, la noche anterior había decidido irse a dormir pronto para marchar al amanecer a los acantilados. Y así lo había hecho. No era probable que le hubieran seguido hasta allí, aunque él sabía bien que no podía fiarse de los que decían ser sus adeptos, pues estaban medio locos, sobre todo en esa ciudad. Él había pasado toda la vida al servicio de la causa y sabía lo que se decía.

Distraído, trazaba con la punta de su bastón letras y sílabas sobre el suelo. Cada carácter además de un número parecía esconder una fuerza demónica o un elemento: fuego, éter, Sephirot, etcétera. Los comerciantes que había visto al abandonar la polis al alba, los pastores humildes que ganaban el pan de su familia a base de grandes trabajos no comprendían, no sabían ver lo que comenzaba a hacerse evidente para él. Toda palabra era divina, un instrumento sin duda difícil de dominar: una escalera ascendente y descendente al Hades. Todo era posible iluminar con su claridad. Y Dios, el verdadero, había dejado semillas de su radiante presencia en cada vocablo, en cada himno, en cada estrofa.

¡Oh, dioses de los piélagos de riqueza inagotable,

Aquellos que con mortales no vezan a mezclar sus copas!

¡Venid! ¡Habitad vuestro templo una vez más!

Y acudían. Y es que cualquier cosa del orbe, al igual que tenía un color, tenía un nombre. Sólo había que reconocerlo. Esta inteligencia podría hacer a uno señor de objetos, de destinos, dueño de las almas de las plantas o de los lebrillos… De ningún modo se trataba de brujería, sino de la más elevada ciencia. Sin embargo, recientemente había comenzado a temer acabar como los adivinos y parlanchines del ágora. Criaturas estúpidas, ridículas. Marionetas enajenadas por sus propios aires de grandeza, que sólo vociferaban idioteces en la plaza mayor. Sus ensalmos no curaban, sus profecías nada vaticinaban. Por ello, a veces se obligaba a enajenarse y abandonaba su misión a medias. La noche anterior no había querido escribir ni un solo verso, a pesar de que algo en su interior le movía a hacerlo. Ahora, allí, sentado sobre los barrancos se preguntaba ¿cómo? ¿por qué motivo debía apartar su mente de los senderos inequívocos? ¡precisamente ahora! ¡ahora que comenzaba a descifrar mucho de lo que antes le era completamente incomprensible! Evidentemente nadie en su comunidad religiosa tenía la autoridad de impedírselo, pero por algún motivo él seguía albergando miedo.

Miró la inmensa masa marina. Nada había más allá de ella. Bueno, sí, otros puertos. Depravaciones, pueblos incultos, ignorantes de la mínima civilización, que nada significaban para él. Es verdad que también estaba Egipto, reconoció. Apoyó el bastón a su lado, en una roca. Cerró los ojos y se dejó atravesar por el Céfiro, esa brisa que vivía, se movía, existía por todo el paraje. Sobre las olas igual que entre las ramas del pinar a su espalda. Los astros; incluso a plena luz del día podía sentir su influjo si cerraba los ojos. Estaban allí, tras las primeras bóvedas celestes, ocultas por el incomparable destello del sol: Amón-Ra, Apolo, el Uno, el Aleph, enumeró para sí mismo.

Inspiró. Paladeó para sí mismo las palabras que, firme, le habrían de llevar a las claridades del mundo trascendente: 

Señor, somos hijos de tu estirpe. Haznos pasar

Luz de sueño. Se vio en una carretera ancha, sobre un carro del que tiraban dos yeguas. Le llevaban frente a las enormes puertas de Justicia, que giraron sobre sus goznes con gran estruendo, pesadas. Le dejaban entrar, pero allí no había nadie. No había nada más que una caverna con un pequeño lago. Se acercó un poco a él, con curiosidad. En la oscuridad, el líquido permanecía quieto, como si reposara encima de un quílice. Brillaba sobre el agua el destello de la Luna llena, luz que se colaba por un agujero del techo. Avanzó hasta la orilla. Quiso beber de su agua, pero tuvo miedo. Finalmente se desprendió de sus sandalias y sintió la arena del suelo suave en las suelas de sus pies. La tierra oscura era signo de su pertenencia a Hefestos, protector de los audaces. Esto le animó a quitarse también la túnica para zambullirse en las aguas. Con asombro descubrió que debajo de la tela que le vestía había un cuerpo femenino, el suyo. Los amplios pechos lechosos, jóvenes, brillaban pálidos a la luz de la Luna. Arrojó su vestido al agua, que enseguida se sumergió hacia sus profundidades. Allí quería dirigirse él, así que buceó mucho tiempo, hasta que la tenue luz blanquecina de la superficie dio paso a una oscuridad y un silencio absolutos. Entonces, sólo entonces, le recibió la diosa. Despedía una luz esmeralda. Flotaba virgen, terrible, enorme. Su vestido y su cabello ondeaban en el agua, y traía en sus manos algo para él. Se trataba de ropas de sacerdotisa.

El sol brillaba enfrente de sus ojos, arriba del todo en el cielo. Se había caído de la piedra sobre la que se sentaba y la sombra de los pinos hacía un buen rato que había dejado de protegerle: ya era el mediodía. Recordó el precipicio que daba al mar. Giró la cabeza y lo vio más allá de sus pies. Cerró los ojos y volvió a visualizar el portón, la caverna, el frío, el agua tranquila, los rayos de la Luna. La oscuridad y la nada. Los brillantes ojos iridiscentes de la diosa. La calma en el abismo. Se incorporó y volvió a sentarse sobre la roca. Pocas veces había alcanzado una visión de semejante vivacidad. ¿Qué indicaba? Sólo su Señor lo sabía. Él era quien provocaba signos, sueños, milagros, y sólo Él estaba autorizado para interpretarlos, para descubrirlos en el momento justo. Con la capa marrón se secó el sudor que bañaba su rostro. Tardo aún un rato en recuperarse. Finalmente se levantó, recogió su vara y se dirigió al borde del barranco. Conocía un sendero escarpado, salpicado de secos matorrales, que caía desde ahí a una pequeña cala. Por algún motivo le habían entrado ganas de descender hacia la orilla. El sendero era algo complicado y largo para alguien de mediana edad, por lo que una vez estuvo abajo alzó la mirada satisfecho, contemplando la imponente mole que había dejado atrás. Se sentó sobre la arena de la playa. Allí abajo ya no corría apenas el viento. Sólo se oía el ruido de las olas que chocaban contra las rocas situadas a los dos extremos de la cala.

Después de un rato alcanzó a ver algo sobre la línea del horizonte que poco a poco se iba acercando a la orilla. Se trataba de una barquita. La arrastraba la misma corriente, pues no había nadie adentro de ella que pudiera remar. Sin embargo, misteriosamente no se dirigía a las piedras del acantilado, sino lenta pero firmemente hacia la cala. Lleno de asombro y curiosidad se levantó, se descalzó y se acercó a la orilla. Cuando el bote se hubo acercado lo suficiente, nadó hacia él como pudo y agarró el cabo que encontró en la proa. De este modo arrastró la barca a tierra.  

La pequeña embarcación acabó por encallar en la arena y, empapado, miró por primera vez en su interior. Sobre el asiento de madera reposaba una tela blanca delicadísima, que presentaba en sus extremos un precioso bordado alejandrino. Definitivamente, había algo de valor más allá del Egeo, reconoció. La tela parecía envolver un objeto, por lo que tomó toda esa maraña y la llevó cuidadosamente hasta la arena, donde estaban sus sandalias y el bastón. Se desprendió de la capa, que estaba empapada, se secó como pudo y se dispuso a descubrir su interior. Dentro del trapo encontró un libro, un enorme papiro enrollado. Lo desplegó con delicadeza. Estaba copiado con una caligrafía exquisita. ¿Qué decía? ¿Qué era? Deslizó sus ojos por el inicio de una de sus columnas:

ΚΑΤΑΑΠΟΚΑΛΥΨΙΝΜΥΣΤΗΡΙΟΥ…

Plegarias, vaticinios, versos, visiones, encantos. También ilustraciones de figuras geométricas. Representaciones del universo. Siguió desenrollando el pergamino. Advertencias a los no iniciados, ilustraciones extravagantes con descripciones extensísimas. Un símbolo, una espiga de trigo, se repetía en multitud de líneas. En otras había dibujado lo que parecía ser un ojo. Frunció su ceño poblado de sudor y salitre. Sucedía que junto a párrafos perfectamente inteligibles había secciones muy largas que no conseguía descifrar: tan sólo eran letras junto a letras. Alfabeto griego, pero incomprensible. ¿Cálculos? No podía saberlo. Entremedias, de vez en cuando, alguna que otra palabra que conocía… aquí ΣΠΗΛΑΙΟΝ… allá ΣΩΦΡΩΝ. Deslizaba velozmente sus ojos por el misterioso contenido: nunca había dado a parar con un pedazo de literatura semejante.

Se detuvo un instante a contemplar una ilustración oscura, grande, que ocupaba el espacio de unas tres columnas. ¿Una boca, un pozo, una grieta? Giró el pergamino. En la mancha blanca que había en el centro de la ilustración pudo distinguir entonces el dorso desnudo de una muchacha que, por la postura de su pelo, parecía mirar arriba. Eran la chica y la caverna de la ensoñación, no había dudas. Bajo los pies de la joven ya podía diferenciar la arena negra, y frente a ella estaba la charca de aguas imperturbables. También había una representación de la Luna llena en una esquina del dibujo. Sintió un mareo. Su vista empezó a nublarse, al mismo tiempo que las aguas oscuras del lago comenzaban a oscilar. De ellas emergía poco a poco una forma oscura, terrible. Era un ser gigante que al moverse brillaba con destellos plateados. El Leviatán. La antigua Serpiente marina. Cerró los ojos para no verlo. Cuando los abrió, la ilustración que tenía entre sus manos era de nuevo una mera mancha de tinta.

Suspiró. Tomó algo de coraje y continúo desplegando, tembloroso, el rollo. Un poco más adelante, encontró algo que parecía un esquema, una plegaria de acción de gracias… Después de algunas líneas el contenido del volumen concluyó inesperadamente: aún estaba por desenrollar al menos la mitad del volumen. Pies y pies de papiro permanecían vírgenes, sin escribir. Continuó desplegando el rollo y cuando llegó al final de éste descubrió atrapada una cañita con la punta bien afilada, presta para ser utilizada. En el cálamo estaba delicadamente inscrito:

Para Marción, el de Sínope

Entonces supo que Bythós, el Abismo —no el Señor al que, lamentablemente en su ignorancia, adoraba el Juan de sus recuerdos—, que Él le reclamaba algo: que allí mismo y en ese papiro pusiera por escrito los himnos que le iban a ser suscitados. Su tinta fue el agua del mar.

De verdad

—Nada fue de verdad, entonces.

Eso me dijo con un hilito de voz que quedó entrecortado y deshilachado por el puro viento de la soledad. Yo no podía ni mirarla. El tiempo se congela a veces y se dilata tanto que un segundo dura toda una vida. Entonces cierta emoción como que se espesa y le envuelve a uno igual que una jungla. En el callejón algún gato maullaba quizás. Quizás más allá alguien compraba fruta o salía del trabajo. Yo ya no sabía nada. ¿Cómo distinguir mentira y verdad? ¿Cómo, si en el fondo nada es más que una fábula que imaginamos y que diligentemente nos contamos y pasamos a creer? Para entonces yo ya no era nadie, pues había dudado de su amor y la había apartado de mi lado. Sentada a mi lado, sin embargo, ella buscaba algo dentro de mis pupilas de lo que poder agarrarse. Pasó un rato. Como yo no sabía qué responder, levanté mis hombros en gesto de buena voluntad. Curiosamente en estas ocasiones uno se vuelve tremendamente estereotípico. Mi gesto no pudo aliviarla en lo más mínimo, pues las mujeres no desean blandura. Ellas suelen quererle a uno entero, hasta sus sesos y su alma toda. Le quieren hasta el final y nunca a medias.

Nada que añadir tenía, y el atardecer empezaba a ceder y a dar paso a la noche. Una noche que probablemente sería larga para ella. Corta para mí: la conversación me había agotado y tras tantas emociones mi mente pediría naturalmente un merecido y largo reposo. Mañana sería peor, quizás. El remordimiento, la pena, la angustia. Seguramente me acometiera todo ello más o menos. Lo cierto era que sobre esta situación ya no se podía hacer nada, y ya bastaba. Algo así respondieron mis ojos. Me levanté y me fui. La dejé allí sentada en ese escalón al borde del llanto. Y en el borde del escalón sobre el que estaba sentada reposaba cerrado para siempre el libro que ella había traído para dejarme.

La vida pasa deprisa, a pesar de lo lento que pasa. Y la gente y las calles y todo parece normalmente algo uno, opuesto a uno mismo. Pasee un rato sin dirección alguna como comprobando si podía sentirme culpable por haberla dejado allí y de ese modo. Sin embargo, enseguida me comió el aburrimiento, y tenía necesidad de probar un bocado de algo. Me decidí en cuanto olí el humo de grasa requemada que despedía ese local de Kebaps. Entré. Pedí uno para llevar y pagué. Mientras contaba las monedas me fijé en una pareja que estaba en una mesa más allá.  Disfrutaban de unas patatas con ketchup y mayonesa mientras se enseñaban algo en el móvil. Me pareció que había hecho bien en dejarla: cínicamente me dije para mí mismo que nunca habíamos alcanzado siquiera el grado de intimidad de esa pareja. Cuando salí del antro la noche había caído definitivamente. Enfilé la calle hacia arriba, en dirección a mi casa, a pesar de que la parada de metro más cercana se encontraba precisamente en el otro sentido. No importaba, iría a pie, así me refrescaría. Mientras desenvolvía el papel de aluminio comenzó mi cotidiano tren de meditación. Nada, otra vez en la misma situación, otra relación que acaba donde todo empezó, en un naufragio. Y es que la vida no es tanto una historia como un cuento. Algo que uno se narra a sí mismo, se entiende, y desgraciadamente todo depende de lo buen narrador que uno sea. Ea, ya estamos dándole vueltas a lo mismo de siempre, pensé, y la Luna me sonrió entre los edificios, con algo de paciencia. Al acabarme ese trozo de Kebap hecho de Dios sabe qué yo ya andaba muy lejos de la parada de metro, en un barrio que desconocía, y que, por su silencio, se hacía terriblemente anónimo. No quería sacar mi móvil para buscar el camino más corto a casa, pues eso habría sido como falsear aquel momento, por lo que elegí marchar detrás de mi intuición —o mejor dicho, de mi mediocre orientación—  y proseguí mi camino a través de un oscuro parque.

Habiendo superado los últimos árboles del parque, pude ver el humo de un cigarrillo que provenía de un banco a mi derecha, levemente iluminado por la anaranjada luz de una farola. Se trataba de una chica, morena, delgada. Bastante guapa. Miraba desganada algo que estaba entre sus manos, precisamente su cigarrillo. Inconscientemente reduje algo mi marcha para poder verla mejor. Los aros que llevaba de pendientes brillaban tenuemente a la luz de la farola y la nube que salió de sus labios rápido me golpeó en la nariz y en la boca. Fue entonces cuando se me antojó un cigarrillo. No fumaba apenas nunca, y lo consideraba algo fundamentalmente malo, como que no me podía permitir. Sin embargo, después de lo que había pasado quizás podía consentírmelo excepcionalmente. Lo cierto es que mientras meditaba esto había ido disminuyendo mi paso sin darme cuenta hasta quedarme parado delante del banco en el que se sentaba la chica, que ahora me miraba con cierta extrañeza.

—No, no —dije por algún motivo— o sea, ¿tú me darías un pitillo? —me aclaré un poco la garganta— ¿por favor?

La chica se me quedó mirando, como sin comprender. Creo que le parecí alguien que acababa de escapar de algún sitio y había dado a parar a ninguno. Quizás fue por pena que se animó a responder.

—Pues acabo de comprar.

Sus manos buscaron dentro del bolsillo de la chaqueta su cajetilla de Lucky Strikes, que abrió y me ofreció en seguida.

—Dale.

Agarré torpemente uno de ellos y me lo llevé a los labios. Antes de que me diera tiempo a pensar que me faltaba, ella acerco su mechero encendido. Sorbí aquel cigarro y tuve miedo de atragantarme delante de ella, pues no era fumador. Sin embargo, el humo entró hacia mis pulmones suave, confirmando que era precisamente lo que necesitaba en ese momento. La volví a mirar.

—Gracias.

—De nada.

—¿Puedo… fumármelo contigo? O sea, ¿ahí sentado?

—No veo por qué no.

Supongo que seguía teniendo cara de perdido o de fugado, y no debí de provocarle ningún miedo, a pesar de que la noche ya era oscura y ella estaba completamente sola. Más bien mientras me sentaba al otro lado del banco la chica me contemplaba con una singular mezcla de extrañeza y aburrimiento. No dijimos nada más. Se acabó su cigarrillo y agarró el móvil. Yo me terminé el mío y me quedé mirando hacia el parque. Los olmos y abedulillos descansaban imperturbables en una agradable noche de verano. Después de un rato me animé a decir algo.

—Nunca había estado aquí. Es tranquilo.

—Mucho… ¿no eres de aquí?

—No.

—Ah.

Volvió a dirigir su vista al teléfono y yo me quedé pensando si no sería éste el momento adecuado para reiterar mis gracias a la chica y despedirme. Sin embargo, algo en mí me retenía a aquel asiento, y no sabía decir qué era. Creo que tenía ganas de hablar, eso es todo. Quería sentir que existía, pues desde que había salido del turco apenas había visto un alma. Ciertamente en esta zona de la ciudad parecían irse a dormir pronto. Todos dormían, menos ella.

—Soy de España yo. De Barcelona. Y llevo unos tres años aquí.

—Hablas bien el alemán.

—Normal. No como tú, claro.

—Yo tampoco soy de aquí —dijo sin ganas.

Volvió a mirar a la pantalla de su móvil.

—Quizás por eso eres la única que no está metida en casa —se me ocurrió.

—Quizás.

—Quizás tienes algo de sangre española.

—Quizás. Oye… —y después de un silencio— ¿estás intentando ligar conmigo?

—No no. De verdad. Si tengo novia…

Se me quedó mirando.

—Bueno, ya no —reconocí.

—¿Ah no? —y sin mucho interés añadió— ¿desde cuándo no?

—Desde que te acabo de ver. Quiero decir, desde justo antes. Lo acabamos de dejar.

—¿Y quién lo ha dejado?

—Yo.

—Muy bien, te toca la parte más fácil.

—Supongo.

Estaba contento. Había conseguido cruzar algunas palabras con esa chica. Desde cerca me pareció todavía más atractiva. Cuando yo hablaba sus grandes ojos castaños me escrutaban con una intensidad particular y como guardando un secreto. Parecía interesante. Cuando el silencio se hubo prolongado lo suficiente y me disponía a levantarme, la chica me ofreció otro cigarrillo.

—Háblame de ella.

Y así lo hice. Empecé por el principio, que es en realidad cualquier punto, pues las relaciones son como círculos. La playa, los botes, la arena. Los festivales, la música, la cerveza. Las noches y los días. Le conté todo. Nuestra primera vez y la última. Nuestros amigos, nuestros planes, nuestros cabreos. Su familia. La mía. Todo momento se me presentaba con un color especial desconocido, como de amanecer. Ella me escuchaba sin interrumpir, con una curiosidad misteriosa. Parecía estar bebiendo de cada dato, de cada fecha, de cada anécdota. Mientras iba hablando me fui dando cuenta de que no estaba en frente de una persona cualquiera, sino de alguien que verdaderamente amaba las historias, las vidas dispersas de los otros seres humanos. No parecía cansada de escucharme, y es sólo por ello que me animé a hablar tanto. Después de mucho tiempo terminé por relatar nuestra última crisis, tal y como yo la había vivido y entendido, y mi última conversación con ella.

—Nada fue de verdad, me ha dicho al final. Y yo no sabía que responder. Ya estaba harto de su pena, así que me he marchado —estas palabras me costó pronunciarlas— y aquí estoy.

—¿Y ella?

Casi se me había olvidado su tono de voz. Era la primera vez que abría la boca para interrumpirme.

—Se ha quedado allí, sentada, mirando cómo me iba. Puede que incluso siga allí.

Esto último lo dije con un tonito irónico que pretendía aliviar la tensión.

—Todas las despedidas son así —dijo ella mirando al suelo.

—¿Cómo?

—Algo decepcionantes. No son como en las pelis.

—Si, es verdad que todo parecía más cutre. Si acaso una película de bajo presupuesto.

Me sonrió.

—No eres una mala persona.

—No.

—Tampoco eres bueno. Eres… difícil.

La Luna estaba sola en lo alto del cielo, y ahora nos sonreía a los dos. Callamos durante un largo rato, y en ese lapso me di cuenta de que algo en mi pecho había cambiado. Me había alejado de mí mismo un poco, como para reconocer toda la extensión de mis daños, y desde el promontorio a partir del cual observaba ahora mi terruño, mi vida se hacia más agarrable. Ella era sin duda alguien excepcional. Tranquila. Su presencia había conseguido que casi se me olvidara todo el comecome que me comecomía por dentro, esa culpa que en mi paseo nocturno ya había comenzado a asomar y que sin duda regresaría por la mañana. Me giré para volver a observarla, y es que era muy guapa, mucho más que mi novia. Exnovia. Al verla así, sentada en ese banco de madera mirando al infinito, tome algo de coraje y no sé por qué —o sí sé muy bien por qué y con qué intención— cambié mi tono de voz.

—En fin… Esto no habría pasado si fueras tú mi novia. Eres… diferente.

Giró la cabeza y se me quedó mirando.

—Eres tranquila, no sé —me expliqué.

Sé quedó pensando y después de otro largo silencio se levantó.

—Dijiste que no querías ligar conmigo.

—Ya.

Permaneció de pie un buen rato.

—Yo también estaba en una relación —reconoció.

Pero lo decía con el al alma toda triste, y yo entendí en seguida lo que eso significaba.

—¿Le dejaste?

—No, me dejó él cuando viniste. Quiero decir, justo antes. Estaba sentado donde tú. Apenas atardecía cuando se fue.

Vi cómo la sombra de una pena terrible cruzó por sus ojos y a través de sus manos. Ella miraba de nuevo al suelo. Yo seguía sentado.

—Háblame de él. Yo ya te he contado tanto… quiero saber de ti, conocer tu parte. Anda quédate, ¿qué más tienes que hacer ahora? Dime, ¿cómo era él?

—No.

—¿No qué?

—No quiero hablarte —contestó, seca.

—¿Por qué?

Levantó sus ojos y los clavó en los míos, y con un hilito de voz que apenas fue entrecortado y deshilachado por la triste noche dijo:

—Porque no quiero enamorarme.

Se despidió con la mano y vi como se iba. Su figura se perdió por entre las casas de aquel barrio residencial, mientras yo seguía paralizado, sentado bajo la luz naranja de la farola de detrás. No volví a verla, a pesar de que visité ese parque y banco muchas veces. Y no sé si nada de lo que pasó esa noche fue de verdad, pues todo lo que nos sucede es en realidad esa fábula que nos imaginamos y contamos como podemos. Lo que sí sé es que a mí me habría encantado escuchar la suya.

Selva

Para PM

Ni tú ni yo sabíamos que la calle portaba esos ecos de soledad indefinible.

Era siempre otro signo más de nuestro amor.

Y la Luna, como antes, contemplaba, fría, el atardecer.

Sabíamos lo que debíamos hacer:

escondernos de la mirada impasible,

ser otros, seres altruistas del corazón,

navegar entre papeles y sobre nubes.

Donde la verdad y la belleza se encuentran,

allí queríamos ir como sedientos exploradores.

El agua era sin embargo un misterio que multiplicaba la sed de un modo impredecible.

El universo parecía confabular todo frente a nuestros ojos;

a favor nuestro, claro, aunque silenciosamente.

Tú me tendías la mano una y otra vez por la selva,

por entre las rocas y más allá de las cuevas.

Todos los parajes eran nuevos, pero yo estaba seguro y tranquilo.

El día era claro.

El Sol reinaba con la majestad adecuada, con la serenidad de un astro confidente y amable.

Mirar a las nubes era abrazar todo el cosmos

y el aire que se paseaba por tus cabellos volvía como purificado.

Si a veces las hojas cubrían nuestros pasos, sabíamos volver a encontrar la meta.

La meta éramos nosotros mismos, claro, caminantes de planetas.

Cuando el día iba a desaparecer, la Luna sonrío satisfecha.

Anoche ya la habíamos conocido con todo, y todo era tan sólo un mar de llanto.

Nada pararía la implacable sacudida del tormento.

El frío y el calor se congelaron en un instante

mientras la muerte buscaba repetirse por cada rincón del territorio.

Lo sagrado había llegado. Ante nosotros se revelaba.

Y más allá de que alguien pudiera o quisiera rebelarse, la oscuridad no dio margen a la escapada.

Tres noches más duraron nuestros desencantos.

Sin embargo no todo entonces era angustia ni soledad palaciega.

De cuando en cuando abríamos la boca para probar a decir algunas palabras de consuelo.

En ese instante el calor prendía nuestros ojos

y cesaba la lluvia en nuestro corazón.

Las avenidas del alma comenzaban a secarse

y todo deseo respiraba una humedad de desenlace.

Dormimos abrazados.

El sueño nos llevó de nuevo a aquellos tiempos fértiles y amables.

Ahí sonreías tú como siempre, aunque el destino pintaba algo recóndito en tu frente.

Te dije cuatro palabras, lo recuerdo,

y pensé que ese momento justificaba toda mi existencia.

Abrí la compuerta de mi espíritu a la alegría y reí a carcajadas tanto tiempo, tanto,

que al final ya había olvidado quién era o qué hacía o…

Todo, nada. Ya sabíamos entonces: conceptos relativos, abiertos, pero faltos de contenido.

Tus ojos. Sí, ellos sí que describen libros.

Tu imaginación. Sí, ella sí que lleva prendida la llama del acierto.

El cariño que me dabas estaba preñado de enjundia;

tus manos acariciaban con el sabor de las amapolas.

Retrocedí asustado, cuando comprendí que había olvidado controlar mis emociones.

Esos ojos tuyos volvieron a guiarme, faros que aquietan olas impertinentes.

Eres un ser apacible y exótico, creo haber pensado entonces.

Pero tú, que leías mi mente, negabas mis premisas,

cortabas las cortapisas, enseñabas las piernas.

Qué bella eres, dije para unos adentros que volvían a arremolinarse como un caladero,

como un caldero embrujado y rutilante.

Entonces tu mano se posó como descendida del cielo,

muy lenta, sobre mis labios. Y supe que esas cosas,

esas cosas no se pueden decir en sueños.

Fondos de pantalla ID:836834

Por aquí van los tiros

Y yo, sin más asidero que alguna certeza, 

certezas inciertas, espantosamente efímeras, 

me agarro al paso del tiempo cuando éste

se deja atrapar: cuando la Luna lo permite. 

Por la noche la fría ciudad busca un sentido. 

Late ella terriblemente tenue, tendiéndose

como un manto de silencio. 

Y yo, sí, sin agarradero o salvavidas

dentro de mí siento pesado cada segundo,

me abismo en inelegantes soledades

saboreando el gran miedo: estar a solas…

pero conmigo mismo. 

La figura del Sol está volviendo a mostrarse. 

Aparece él rasgando un momento que se va, 

pronto, al olvido; al fondo del pozo oscuro 

que es ese interminable girar del tiempo. 

Y yo, creo, ahora descanso. Sé que no he

superado la prueba, se que el universo

que se extiende siempre más allá de montañas, 

valles, senderos, pueblos e incluso altas nubes, 

que ese infinito mundo tan sorprendente, 

siempre viejo y continuamente renovado

no perdonará mi miedo. La vida no llama 

a las puertas, nunca pide permiso cuando entra. 

La vida vive, mientras lo hace. Y cuando no,

muere. Ella es todo.

Eso. 

Aquello que la noche espera de mí, que aguarde. 

Que intente entender su secreto y lo abrace, 

Y yo, todavía descendiendo hacia la nada

(aunque siga empeñado en enseñar lo contrario) 

asiento levemente… por aquí van los tiros.

Palmo a palmo

Fíjate en mí, mírame palmo a palmo. Fíjate: estoy todo recubierto de piel suave y elástica. Mira mis manos. Una por una. Ahora tócalas. Qué cosquilleo… Me encanta ser cuerpo. Piénsalo: soy delimitado y me acabo donde la piel quiera recubrirme. Ocupo un espacio y si estoy yo, entonces no hay ninguna otra cosa. ¿A dónde se ha ido el vacío que acabo de ocupar? Si estoy yo, entonces allí no hay nada más que yo mismo. Y si muevo mi mano de derecha a izquierda, en círculos, de arriba abajo, el espacio vacío me acoge sin más, generoso. Mira mis nudillos, ¿Cómo puedo ser al mismo tiempo rígido y elástico? ¿Qué extraño dios inventó tal cosa que llamamos uñas? Pero lo mejor son las arrugas  que hay en las esquinas de todo mi cuerpo. Cuando lo muevo, piel con piel se pliega y hace efecto de sábana revuelta.

surrender | letting go | bound | black and white | emotion | pain and suffering and strength |:

Me hace feliz comprobar que mis manos responden a mis órdenes. No hay duda, son mías y yo soy de ellas. Las pongo en mi horizonte visivo y las cierro y las abro, y las cierro y las abro, y las cierro y las abro… No soy más ni menos que esta carne y estos huesos. ¿A qué huele mi carne? Pues a ver… A nada. Me habré acostumbrado a mi olor. Perdona que te distraiga pero… ¡Qué maravilla esas tuberías que fluyen por el anverso de mi brazo! Son… ¿Azules?

Azules, azules.

Y el pelo de mi brazo, qué fino es ¿a que si? Cuando giro la extremidad para observar tantos accidentes geográficos, la luz naranja hace sombras por aquí y por allá. Se divierte jugando con mi piel. Y arranca algún que otro destello a los pelillos. Suave. ¡Ey! Casi se me olvidan estos puntos marrones, estas pecas tan graciosas. Aquí es como si tuviera un par de estrellas girando una alrededor de la otra. Es sin duda el mapa estelar que me llevará de vuelta a mi planeta de origen.

Ahora dime sin miedo, ¿Cómo es mi rostro? Te has fijado bien en mis cejas: ¡mira cuántos pelos desorganizados! ¡Crecen por donde les da la gana! Si te pido que me hables de mi cara es porque nunca la he visto directamente y no la conozco. Tú si puedes hacerlo, dime pues, qué ves; eres una privilegiada. Las pestañas, creo, son como las patas de una ameba amiga, una cremallera no completamente hermética. Sigue describiendo lo que tienes delante. Si no, me tengo que imaginar lo que ves; es un ejercicio difícil, pues apenas me hablas.

El pelo de mi cabeza cosquillea desde la nuca hasta la parte delantera, pasando por detrás de las orejas. Puedo sentirlo, aunque no lo acaricies. El cuello es una de mis partes favoritas. La piel aquí es tan fina que da vértigo. Quizás por eso prefiero dejarme crecer estos pelos pinchones que nadie llamaría barba. Si con las dos manos bajaras lenta por mi cuello y luego transitases mis hombros, lo primero que sentirías son estos huesos tan sólidos. Y si metes tus dedos por dentro de la clavícula me moriré de grima.

Cuando siento mi cuerpo palmo a palmo contigo me parece mucho más bello que cuando lo veo en el espejo del cuarto de baño. Y es que a oscuras me escucho mucho mejor. La vista es el sentido menos humano. A veces me siento como confundido con los objetos que veo. (Sin duda prefiero sentir al ver. El ver es tan abstracto… En todo caso el mirar). A través de la vista no puedo ver mi cara, pero puedo mejor tocar mis ojos desde dentro, si estoy en silencio y respiro pausadamente… lentamente…

Voy descubriendo mis confines: piernas, interior de los muslos, vientre, manos, brazo izquierdo, brazo derecho y pecho. Espalda, cuello, rostro, pelo, nuca. ¡Ah!… Ahora que estoy brillando en consciencia toca, si te atreves, mi corazón. Baja por el esternón -¡Qué buen hueso!- y gira a mi izquierda. Late más rápido de lo que imaginas. Lo que hay por debajo de esa escalera de huesos es el corazón –dicen quienes saben de biología, pues yo no he visto (ni pesado) nunca el mío. Aguanto la respiración unos segundos, centrado en mi pecho. Aquí la conmoción crece y desborda… toca, cierra los ojos si quieres, para que entiendas que el pálpito de mi corazón es tan solo táctil: jamás podrías llegar a verlo ni conocerlo racionalmente. El corazón caliente es mi centro. Mi más pura esencia. El resto que ves se ha organizado alrededor del cardiaco pumpum. Si aguantas la tensión de comprender que eso que hay bajo tus dedos es lo único que me mantiene con vida, entonces ya habrás conseguido más que yo. Solo el corazón me asegura estar aquí, ocupando espacio, llenando el vacío segundo a segundo. En cada latir vengo y vuelvo a venir y sigo viniendo. ¡Qué vértigo! Y pensar que cosa tan dramática lleva 20 años ocurriendo y nos damos ahora cuenta… ¡Mejor no pensarlo! Yo no soy otra cosa que mi corazón, y cada latido, si escucharas -si pudieras escuchar lo que solo en completo silencio se oye- , es un susurro que dice mi nombre, ¡mi propio nombre!

Es silencioso, pero se impone a todo el ruido inhumano de fuera, que a veces quiere tragarme. Ojalá pudiera pegar mi oreja al pecho y oír mi nombre, pues a veces no me acuerdo. Escucha tú, pega tu oído. Claro que puedes, ¡sin miedo! Vale (¡qué oreja más fría!), ahora muy atenta… ¿Lo oyes? ¿Y qué dice? Me ayudaría muchísimo que me dijeras algo… Así sabría qué pensar de mí y podría ser quien soy. Aunque no hables nada, te diré una cosa: nadie se había detenido a escucharme latir antes que tú. Es verdad, nadie ha tenido todo el tiempo del mundo para comparar sus manos con las mías. Y sólo una chica ha mirado mis ojos hasta el final.

Ahora estoy brillando con diferentes colores –mírame-, en diferentes longitudes de onda. Todo entero vibro, y en las yemas de mis dedos más que en ningún otro sitio; fíjate, ¡qué blanditas son!

 

 

 

Que nos salva la belleza también

 

Y es que mi vida se desparrama en mi pensamiento,

infectando de sensualidad cada palabra.

Y la belleza me da miedo

y me escondo y me repliego;

a no vivir, a sentir menos.

Desciendo

a niveles mínimos de existencia.

Siento

no poder morir a tanta vida

(¡grande peligro el movimiento!).

No poder cerrar la escotilla

que abre mi espíritu al tiempo.

Y al viento.

A veces pienso todavía,

que no es literatura lo que afirmó aquél:

que nos salva la belleza también

pues me cuida de caer enfermo.

Si te fijas bien

hay una soledad en el gran desierto,

y un cultivo del silencio

de Domingo sin colegio.

En el espejo del espejismo surge un juego dramático

inyectador de memoria táctil

que me engaña con pocas palabras

y con algún que otro abracadabra.

El juego del espejo

me lleva en lo eterno a la memoria y a lo posible,

consiguiendo que me torne en inauténtico

y que me cierre por fuera y por dentro.

¿Acaso no oyes el puto eco

de dos metros de pared de acero?

No oyes nada.

Sellado.

Que nadie abra.

Que nadie abra por favor,

y me vea la nuca escribiendo

no sé si un mal poema de amor.

Con mis huellas distraigo el camino.

Como turista, describo mis fenómenos:

el destino que en mi corazón está torcido,

con palabras que detesto.

Y en tanto me detesto yo

y solo por esto,

la belleza dice no.

Y por eso, pues vivo.

Nines la bibliotecaria

No sé si conocéis a Nines, la bibliotecaria. Ella habla a veces con los alienígenas o con Dios, no lo sé muy bien. Es una mujer un tanto huraña, casposa y apolillada. Los niños no entienden que todo lo que sabe se lo ha enseñado el ratoncito Pérez. En su biblioteca casi no puedes ni toser. Allí los libros son el tesoro que guarda como oro en paño. Son quizás lo único que la queda, lo único que ha tenido. Se pasa todo el día entre historias antiquísimas y novedades infantiles. Ella también escribe. Escribe poemas creo, pero no los he leído. Yo, bajo su taciturna vigilancia solía leer los tebeos de Astérix y Obélix, o de Lucky Luke; también gordas enciclopedias de fotografías a todo color: biología, galaxias, animales, dinosaurios, pueblos lejanos… Revistas de coches o de ciencia y últimamente novelas de aventuras, de ciencia ficción. A Nines le gustan mucho estos libros también, ella misma me ha recomendado algunos. He pasado largas horas de mi niñez entre estas cuatro paredes. Aquí el silencio es amortiguado por el ruido ambiente de los pasillos del vestíbulo que está más allá de la puerta. Nines finge que no oye el vaivén de ollas de comida y platos, las regañinas a los niños pequeños por correr de un lado a otro o los interminables recados y encuentros entre profesores. Harta por tanto ruido exterior sale con la cara roja a pedir silencio. En tanto que sale se quita las lentes y las deja colgar de su cuello, mientras los lectores se miran entre sí. Tiene como norma no salir más de una vez por recreo, más otra vez por día, en general. En la biblioteca, Nines es el Sumo Sacerdote del silencio y su religión es el culto al  papel. Algunas niñas la tienen miedo porque las obliga a recogerse los cabellos para que no caiga ningún pelo en los libros, pero en realidad no tienen nada que temer, Nines es simplemente una anciana ancianada por los libros y por la vida agria que ha solidificado su carácter como una cáscara, dejando intacto, aunque profundo, un dulce corazón de gelatina. El corazón blandito de la bibliotecaria le sale por los ojos y por su media sonrisa –no más- cuando una niña pequeña le pregunta si puede llevarse el libro que ha hojeado a casa. Nines no deja que los libros salgan de la biblioteca, pero le agrada ver el interés de la muchachita por ese libro que habla de las razas de perros. A mí sí me deja llevarme los libros a casa, y también a algunos más: los incondicionales de la biblioteca. Hay unos cuantos chicos y chicas que prefieren pasar el recreo en la biblioteca que en el patio. Nines es, ante todo, una enamorada de la literatura, y más aun, del ambiente que rodea a la biblioteca. El mayor placer es conseguir oír el levísimo tictac del reloj desde la mesilla de la biblioteca. Cuando lee, el ambiente se hace blandito y caliente y si levanta la mirada puede ver las motas de polvo que quedan suspendidas gracias a los rayos de luz que entran por la ventana.

biblioteca-de-nines

Los pasos de los ávidos lectores amateur, templados por el falso suelo de goma amarillenta, lejos de incomodarla, la llenan de la sensación de estar donde tiene que estar.  Todo está bien en el mundo que se ha creado, allí ella es importante y su proyecto tiene un sentido. Ni que decir tiene que Nines nunca es más Nines que en la biblioteca. No la he visto nunca fuera de ella más de lo estrictamente necesario y aun entonces se la ve como sin oxígeno, necesitante del vaho que supuran los papiros al ser requemados por las largas horas amarillentas de paz. Desde luego, nunca la he visto en su casa; en realidad, no puedo ni imaginármela. Creo entender, que para ella su casa no es su casa y la misma casa me la figuro como totalmente impersonal. Quizás su casa sea como un lugar aséptico y funcional, donde, como un montañero, se pasa la noche y punto. O quizás su casa sea como una gran biblioteca de madera toda. Quizás un día decidió que su felicidad no iba a restringirse a las pocas horas que pasaba trabajando en la biblioteca del colegio, y sacó de su interior, como una vomitona, todo el espíritu librero coloreando paredes y suelos de revistas y posters y marionetas y dibujos. Si, seguramente así sea su casa: como una plasmación material de todo su rico interior bibliotecario, un ambiente macilento y oloroso, y nunca tan ordenado como la biblioteca del colegio. Eso es, con toda probabilidad, lo que no había entendido hasta ahora, que para Nines su trabajo no es un trabajo; es su vida. Y no porque se haya olvidado de todo el resto para centrarse en su trabajo sino precisamente porque no le queda nada más que su trabajo; su vida alberga la biblioteca como su único contenido. Del trabajo, de lo que siempre ha sido su pasión, ha hecho germinar todo un estilo de vida y un ambiente que ella lleva consigo como un olor que se derrama donde quiera que va. Nines ya no diferencia los días, creo. Ella vive en un único y constante día sin noche, donde los libros se han convertido en una muralla y fortaleza que la dejan estar sola. Ni siquiera el marido que alguna vez imaginó puede entrar en la inexpugnable rutina del eterno papiro. Los niños no ponen impedimento a este esparcimiento de su personalidad que da un tono inconfundible a la biblioteca: las marionetas, el póster de Tintín y la lamparita de cristal de la mesilla de madera. Sin embargo la realidad, no se deja doblegar toda ella por Nines.  Sin saberlo, esa es la razón por la que no se lleva con ninguno de los demás profesores: le hablan del mundo de ahí fuera, de la prosaica realidad. Y ahora al verla, entiendo que Nines no ha sido nunca feliz ni infeliz. Consumida quizás por algún miedo inmaduro que la ha roído por dentro, se aleja más y más hacia un mundo que está dentro de ella misma, donde todo está bien. Es a la vez el confinamiento y el abrirse epifánico de una vida, que ciega a sí misma, ciega a los recados y reuniones de profesores y al mundo exterior en general, ciega al sentimiento y al dolor, ha encontrado quizá el único hueco que le ha dejado el mundo: su propio cuerpo. Desnuda, frente al espejo a las nueve y treinta y cinco  de la noche, inspecciona ese su-propio-cuerpo y lo siente tan sólido como un olmo, y sin saber por qué se pregunta por qué será que no puede ser de algún material más intangible, por qué no será posible para ella confundirse entre las páginas de sus novelas favoritas y entrar ahí, como un personaje, pero sabiendo que es un personaje, porque eso es lo único que quiere. Sueña que es de negro sobre blanco, que es solo letra de algún escritor confundido que ha puesto a una librera como ama de llaves o como tía del protagonista. En su delirio de caída en picado arrastra a cuantos objetos puede hacia su catarsis o purificación bibliotecaria. Hoy no quiere ni debe hacer más que las etiquetas con iniciales que acompañan a cada volumen y que acompañan también al forro holgado y transparente que recubre cada libro. Mientras miro distraído al ratoncito Pérez que está haciendo de las suyas por la estantería de los mayores, la recubierta con cristal, Nines me guiña un ojo y vuelve a bajar la mirada para seguir catalogando los nuevos libros que había pedido y que han llegado en una caja esta mañana. No sé si sospecha que su no muy confesable deseo de navegar entre las páginas de cualquier cuento infantil la ha llevado hasta las primeras líneas de la novela que un chico de gafas y flequillo siempre ha querido escribir. Quizás hundirse en la tinta es lo que ella misma hace cuando escribe esos poemas que no deja leer a nadie y que se publicarán, con toda certeza, tras su muerte como pone en su testamento. Una goma de borrar suena en la tarea de un chaval de sexto de Primaria, y la niña rubia de trenzas se pone de puntillas para devolver a su estantería el libro que no ha podido llevarse a casa. Un balonazo resuena como un cañón de barco pirata contra los barrotes oxidados y repintados de la ventana. Nines se quita en un segundo las gafas y mira con impaciencia a través de la ventana, dando a entender su malestar a todos los lectores, que mientras tanto se miran entre sí o toman la exacta expresión de Nines, es decir, con la boca un poco abierta (estos últimos son los incondicionales). Todo está bien en este agujero del espacio y del tiempo. Donde el polvo inevitable atrae a todo lector hacia el lomo del libro que tenía predestinado desde antiguo, según la profecía de la bibliotecaria, a la que siempre se puede preguntar en caso de duda. Nines viaja ahora por los mares de las letras de las pegatinas de los nuevos volúmenes, que no son sino un portal entre la mesilla de madera y la tinta de mi boli bic, cinco metros más allá. Y no es infeliz, pero tampoco feliz. Nines apagó ese indicador censurando la realidad y haciendo de su espíritu la totalidad de las historias que se pueden contar con muñecos de trapo.

Meditación de España

No deja de impresionarme la ligereza e inexactitud con la que tantos pretendidos sabios hablan de España. En comidas, reuniones y conversaciones esporádicas les oímos, en escorzo, hablar acerca de los grandes planes políticos y económicos que deben dirigir el futuro. Se llenan la boca afirmando categórica y polémicamente lo que este país necesita o lo que no ha tenido. Hacen muchos cambalaches intelectualoides, perfiles generales de la sociedad española. Y todo esto sin tener una idea clara de qué es esa realidad a la que llaman España. Los hay que ni quieren pronunciar la palabra, lo que por otra parte, no significa que desconozcan más ni menos lo que  este país es que aquellos que siempre la tienen en la boca.

No quiero emitir juicios políticos, para eso ya disponemos de varias cadenas televisivas y de los periódicos que queramos: los de A y los de B. Y también a todos estos sabios españoles que, haciendo justicia a su condición de gres dogmática, emiten como fuentes los tópicos de un lado y del otro –y el otro y el otro. Porque quienquiera que conozca un mínimo a los españoles sabrá lo que nos diferencia de muchos otros pueblos, y esto es que no pensamos. No crea el lector que me sumo sin más al carro de la crítica fácil -la tentación cuando hundimos en el descontento- tan solo quisiera iluminar un hecho que, además de ser evidente, es, así lo creo, como los cimientos de toda la incultura y la pedantería española. Porque pedantes somos, y un rato; también dogmáticos y cerrados, un otro rato.

En los últimos meses, tiempo de tumbos políticos, de indecisión y de nervios crispados, hemos oído hablar mucho de planes sociales, proyectos, de ideales… También, ¡cómo no!, guardamos en nuestra retina todo lo que acompaña este espectáculo estrambótico que es la nueva política: debates pueriles, declaraciones lamentables, salidas de tono, descréditos, irrespetuosidades, mentiras etc. Podríamos hablar a nivel nacional de todo un movimiento intelectual de niño malcriado: es la intolerancia y el descarte. Ésta es la actitud que sostienen unos y otros políticos, y el rebaño cerril de los españoles que les siguen, según la que su verdad se alza en expectativa de ser unánimemente reconocida como la única válida.

Lo realmente grave es que nuestra condición de ibéricos hace que excluyamos cualquier discrepancia, vive en un  afán  totalitarizador de opiniones. Y es que el alma española siempre ha sido de juicios de terceros. No es un espíritu, el español, de actitud crítica, de razonamientos pausados, de sincera búsqueda de verdad: es más bien uno de pereza intelectual, de sangre caliente y de lo que ha oído decir, también sobre todo de “sentido común”. Y el español, esto es lo grave, pretende con el sentido común –evidentemente no el suyo sino el de fulanito de tal que se lo ha oído a otro y a otro- escalar el cielo y echar a todo lo que no sea él. La paradoja es que en ese cielo de ideas impersonales hay varias propuestas con las que ha de convivir, pero en su cerrazón, el español, con su sentido universalizador y simplísimo, no acepta ni quiere oír hablar de lo otro que él, de cualquier pensamiento diverso. Ni que decir tiene que el que intente escalar una interpretación según sus propios razonamientos, por su propia mirada y con sinceridad de corazón no tiene ni tendrá en el panorama español ni un huequito, ya que solo se aceptan chabacanerías.

Da pena observar que en España nunca ha habido ni mirada calmada ni resoluciones pausadas como fruto del desacuerdo deportivo de hombres elegantes. Solo ha habido sangre, temperamento impetuoso, decisiones imprudentes y en cualquier caso, adquiridas. Defendiendo ideologías y moralismos somos los mejores, crearlos no podemos, no sabemos. Y así nos encontramos con masas -¡gigantes masas de personas!- coreando gritos de guerra que son solo ideas adquiridas, nos encontramos con hombres que han sido adueñados por la masa, que han donado su pensar a una causa mayor: así nos ahorramos todos el madurar, y lo que es más dramático, el ser libres. (N.B.: en el colmo de la vergüenza descubrimos que los españoles importamos desde siempre todas las creencias de fuera: no tenemos ni la decencia de crear aquellas retahílas teóricas que vamos a repetir hasta la saciedad).

Aun recuerdo la impresión que me causó el conocer a tantos extranjeros en uno de mis viajes de juventud. Con mi sed de solucionar el mundo, –que todo español posee como inyecta en las venas y que se despierta primaveralmente en cada uno de nuestros bares- con esta sed no desperdiciaba la ocasión para hablar sobre los temas más trascendentales con gente mucho más mayor que yo y la mayoría no española. Cuando animado por mis sentencias de libro, me disponía a afrontar una conversación, me sorprendía el hecho de que mis compañeros de discusión no sabían lo que iban a decir y meditabundos balbuceaban si acaso alguna valoración in situ. Tampoco se les observaba inquietos como sabiendo ya lo que el otro iba exactamente a decir ni exasperados al reconocer de lejos los límites de la opción rival. Simplemente aquellos forasteros que yo conocí no vivían de dictámenes de otros sino que, a cada instante, como ensimismándose, creaban tesis original y suya. Me ha dado mucho que pensar todo lo encerrado en este talante nor-europeo, americano, asiático. Creo que es un buen punto de partida por el que empezar a rastrear toda una red de actitudes genuinas que acompañan a estas culturas a lo largo del tiempo.

Sin pretender agotar el tema y consciente del limitado tiempo y espacio que me resta, siento que acaso no haya más que empezado una larga meditación. Y quizá esto es lo que convenga más a nuestro pueblo español como ejercicio gimnástico: nada de opiniones cerradas, nada de ideas circulares, autorreferenciales. Si consiguiéramos que esta realidad, que todavía no entendemos mucho y que son los españoles, sacudieran de sus almas los polvos de lo convencional y razonable y comenzaran a crear una cultura del desacuerdo en la autenticidad de cada uno… si así pasara, quizás podríamos empezar a pensar en qué cosa es España y a saber a qué atenernos respecto de ella. Pero mientras las mejores opiniones nos lleguen importadas e ideologizadas convenientemente, solo tendremos más intolerancia e incultura; o como dicen algunos, el “sentido común”… y tan común como que no es de nadie.

 

Seamos bienvenidos

Dali-huevo

No soy la típica persona que tendría un blog. No soy demasiado artista ni original. Y tampoco tengo mucho gancho. Sinceramente, lo de empezar un blog es más bien una medida de autoayuda que me ha recetado mi yo-psiquiatra interior. Creo -dice él- que te vendría bien poner nombre a lo que sientes y piensas, para conocerte mejor. Por otro lado -continúa- pensar que tienes un grupo que te escucha (que te lee) también te vendrá bien para no sentirte solo.

 

Sé que no me va a leer casi nadie (por no decir nadie, excepto, quizás, yo mismo), pero esto es lo de menos. Estoy convencido de que la comunión entre escritor y lector se crea justo ahora, mientras escribo esto. Y que así, poco importa que alguien lo llegue realmente a leer, como que haya abierto esta grieta en el papel, en los píxeles, para que cualquiera pueda venir y advertir que es comunidad conmigo. Sea pues usted muy bienvenido. Sea, quizás, yo mismo también bienvenido. Seamos todos bienvenidos, asimismo usted,  Dr. Yomismo, sobretodo usted, vea los resultados de su recomendada terapia, de primera mano.

Es a tí, otro yo mismo a quien elogio.

William Shakespeare